lunes, 9 de marzo de 2009

Poniente vuelve


Muy pronto, novedades...

4 comentarios:

Rocio dijo...

que vuelva, que vuelva que suena muy bien!!qué voces!!!!y qué grupooooo!!

DADO dijo...

En Japón, existe un día en que los enamorados suelen colocar flor de nenúfar en un rio y piden un deseo mientras se cogen de la mano y se miran fijamente. Entonces la flor se une al rio y sigue la corriente junto al resto de flores de nenúfar. Los enamorados siguen con la mirada la flor hasta que esta desaparece en la noche.
No son necesarias las palabras para decirle a alguien lo mucho que lo amas. Hemos aprendido a esperar de los demás que de los labios salga un te quiero y lo que realmente se necesitan son más flores de nenúfar.
Se podrán secar todos los ríos, dejará de correr el agua por los estanques o se secarán los lagos; pero amar es inventarse el mayor de los océanos y cubrirlo de flores y pedir deseos. No es necesario esperar a ese día, sino dedicarse al otro para el resto de los tiempos.
Para amar hay que entregarse sin miedos. Podrás caerte muchas veces o tropezarte con la misma piedra. Pero cuando amas te levantas, te limpias las heridas, levantas la cabeza, te secas las lágrimas y empiezas a andar. Se ha de aprender a luchar y aunque a veces tengas la sensación que flaquean las fuerzas, te apoyas en el otro, y te entregas aún más.
Amar es intentar saltar lo más lejos posible cogidos de la mano. Uno se vuelve fuerte y lucha por seguir adelante tanto por uno mismo como por el otro.
No soy el más fuerte ni el más valiente. Lo único que puedo ofrecerte es que quiero saltar contigo, levantarte si te caes y mirarte a la cara cogiéndote de las manos, mientras dejamos sobre un rio nuestra flor de nenúfar.

Anónimo dijo...

Cada tarde de los últimos meses, las había pasado tumbado sobre el césped junto al mismo árbol en el que jugaba cuando era un niño. Mantenía los ojos cerrados y me dedicaba a escuchar todo lo que me rodeaba. Las horas pasaban rápido y muchas tardes, cuando abría los ojos, podía ver a lo lejos como el sol se escondía entre los árboles y llenaba el cielo de un color rojo anaranjado antes de darle paso a un manto de estrellas gobernado por una luna llena plateada.

Me levantaba con el cuerpo medio adormilado y descalzo cruzaba el parque dirección a casa. Sentía como el césped era cada vez más húmedo a medida que la noche ocupaba su lugar y aunque sabía que la tarde había acabado, mi tiempo en aquel parque también.

Mis tardes se habían llenado de historias a través de cada libro que leía, pero no eran mías. Necesitaba saber que alguna de aquellas historias podría sucederme a mi pero había perdido la ilusión. Conocía a mi corazón, las conversaciones que mantenía con él mientras soñaba despierto, me decían que todo podía cambiar en cualquier momento pero necesitaba creer en ello.

Las tardes de lluvia eran mis preferidas. Me quedaba sentado sobre mi manta, apoyado en mi árbol particular y me quedaba mirando fijamente como las gotas golpeaban la tierra y la llenaban de aquel olor a limpio. Bajo el paraguas caminaba descalzo como de costumbre pero esas veces la sensación era muy diferente, me aportaba libertad.

Una tarde nublada daba señales de que la lluvia haría presencia de un momento al otro. Las últimas páginas de un libro me tenían absorbido que no me di cuenta que se había levantado un fuerte viento y que la lluvia había comenzado a caer.
Un golpe de viento, me arrebató el libro de las manos. La lluvia era cada vez más fuerte y era momento de pensar en regresar. Las ráfagas de viento, arrancaron algunas de las páginas del libro. Empecé a recogerlas pero el viento me estaba ganando la batalla y a cada momento desprendía más capítulos de una historia cuyo final no conocía.

Las manos de un chico aparecieron. Mientras el pudo recoger lo que quedaba del libro y algunas hojas, yo estaba inmerso en conseguir mi victoria final frente a un rival que no me daba tregua a descansar.
Algunas de las páginas no me dirían más sobre la historia, habían perdido su argumento por tener empapada la tinta que las narraba.

Después de perder la batalla pero no la guerra, las manos del chico me ofrecieron los heridos de mi ejército que aún quedaban en pie. Tenía las manos suaves. Al levantar la vista para agradecerle la ayuda, algo me desubicó del lugar. Unos ojos marrones me miraban fijamente mientras las gotas le caían por un pelo castaño cubierto de canas.



Me aceptó las gracias entornando los ojos y mirando levemente hacía el suelo. Parecía haberse detenido el tiempo. La lluvia caía con más fuerza y nos encontrábamos en mitad del parque con las manos llenas de páginas de un libro sin valor. No podía dejar de mirar a aquellos ojos marrones que me llenaban de paz y tranquilidad. Mis manos seguían cogiendo las suyas con fuerza para no dejarlas escapar.

Las gotas de agua bajaban por su cara lentamente, parecía que le acariciaban con suavidad sin querer hacerle daño. Sus labios estaban entornados. Eran de un color rosado pastel con una forma perfecta. Su cara estaba cubierta por una barba abandonada desde hacía tres días en la que se podían ver algunas canas alrededor de la barbilla y cerca de las orejas.

El silencio era lo que envolvía ese momento. Sólo se escuchaban dos latidos al unísono. Cerré por un momento los ojos y en aquel instante mi corazón gritaba con mucha fuerza que había llegado el momento de creer. Antes de poder abrir mis ojos para saber si la ilusión que había desaparecido había regresado, sentí como sus labios me empezaron a besar lentamente mientras sus manos me acariciaban la cara.

Noté su pecho junto al mío y sus brazos me rodearon apretándome fuerte contra él. Cuando sus labios se separaron de los míos, su cara se apoyó en la mía acercándose a mi oído. Temblando mi cuerpo entero escuche una voz que me decía:
- Nunca me viste pero siempre estuve allí contigo. Te conozco desde que ese árbol conoció tu primera sonrisa. Te conozco desde que ese árbol fue testigo de tu primera lágrima. Luché contigo en tus momentos bajos y he sido feliz cada segundo que tú lo fuiste. Aunque no me viste siempre estuve contigo. Ese es el final de tu libro.

Después de aquella tarde de lluvia, nunca más volví sólo. Tú estabas conmigo leyendo nuestro libro mientras andábamos descalzos al atardecer cuando regresábamos a casa

chelistamara dijo...

Que dos historias tan bonitas... la del nenúfar y la de "aunque no me viste siempre estuve contigo". Me encantó.

Un abrazo.

CHELIS